domingo, marzo 08, 2009

Capitulo II

“Guardería infantil. Sala de condicionamiento Neopavloviano”, anunciaba el rotulo de la entrada.

El director abrió una puerta y entraron en una amplia estancia vacía, muy brillante y soleada porque la pared orientada hacia el sur era un cristal de punta a punta. Media docena de enfermeras, con pantalones y chaqueta de uniforme, de viscosilla blanca, los cabellos asépticamente ocultos bajo cofias también blancas, disponían jarrones con rosas en una larga hilera, en el suelo. Grandes jarrones llenos de flores. Millares de pétalos, suaves y sedosos como las mejillas de innumerables querubines, pero no exclusivamente rosados y arios bajo aquella luz brillante, sino también luminosamente chinos y mexicanos y hasta apopléjicos a fuerza de soplar en celestiales trompetas, o pálidos como la muerte, con la póstuma blancura del mármol.

Cuando el DIC entró, las enfermeras se cuadraron rápidamente.

-Coloque los libros –ordenó el director.

En silencio, las enfermeras obedecieron la orden. Entre los jarrones de rosas, los libros fueron debidamente dispuestos: en una fila los libros infantiles se abrieron y mostraron de forma llamativa alguna imagen alegremente coloreada de animales, peces o pájaros.

-Y ahora traigan a los niños.

Las enfermeras se apresuraron a salir de la sala y volvieron al cabo de uno o dos minutos; cada una de ellas empujaba una especie de carrito de té muy alto, con cuatro estantes de tela metálica y un crío de ocho meses en cada uno. Todos eran exactamente iguales, como correspondía a un grupo Bokanovsky, y todos vestían de color caqui porque pertenecía a la casta Delta.

-Póngalos en el suelo.

Los carritos fueron descargados.

-Y ahora sitúenlos de modo que puedan ver las flores y los libros.

Los chiquillos inmediatamente guardaron silencio y empezaron a arrastrarse hacia aquellas masas de colores vivos, aquellas formas alegres y brillantes que aparecían en las páginas blancas. Cuando ya se acercaban, el sol palideció un momento, eclipsándose tras una nube. Las rosas llamearon, como a impulsos de una pasión interior; un nuevo y profundo significado pareció brotar de las brillantes páginas de los libros. De las filas de los críos que gateaban llegaron pequeños grititos de excitación, gorjeos y ronroneos de placer.

El director se frotó las manos.

-¡Estupendo! –exclamó-. Ni hecho a propósito.

Los más rápidos ya habían alcanzado su meta. Sus manitas se tendían, inseguras, palpaban, agarraban, deshojaban las rosas transfiguradas, arrugaban las páginas ilustradas de los libros. El director esperó hasta verlos a todos alegremente atareados. Entonces dijo:

-Fíjense bien.

La enfermera jefe, que estaba de pie junto a un cuadro de mandos al otro extremo de la sala, bajó una pequeña palanca.

Se produjo una violenta explosión. Cada vez más aguda, empezó a sonar una sirena. Los timbres de una alarma se dispararon ruidosamente.

Los chiquillos se sobresaltaron y rompieron a gritar; sus rostros estaban convulsos de terror.
-Y ahora –gritó el director porque el estruendo era ensordecedor-, pasaremos a reforzar la lección con un pequeño electroshock.

Volvió a hace una señal con la mano y la enfermera jefe pulsó otra palanca. Los chillidos de los pequeños cambiaron súbitamente de tono. Había algo casi demencial en los gritos agudos, espasmódicos, que brotaban de sus labios. Sus cuerpecitos se retorcían y cobraban rigidez; sus miembros se agitaban bruscamente, como obedeciendo a un calambre.

-Podemos electrificar toda esta zona del suelo –gritó el director, como explicación-. Pero ya basta.

Las explosiones cesaron, los timbres enmudecieron y el zumbido de la sirena disminuyó de tono hasta reducirse al silencio. Los cuerpecillos rígidos y retorcidos se relajaron, y lo que había sido el sollozo y el aullido de unos niños desatinados volvió a convertirse en un llanto normal inspirado por el miedo.

-Vuelvan a ofrecerles las flores y los libros.

Las enfermeras obedecieron, pero ante la proximidad de las rosas, nada más ver las alegres y coloreadas imágenes de los gatitos, los gallos y las ovejas, los niños se apartaron con horror, y el volumen de su llanto aumentó de repente.

-Observen –dijo el director, en tono triunfal-, observen con atención.

Libros y ruidos fuertes, flores y descargas eléctricas; en la mente de aquellos niños ambas cosas se hallaban ya fuertemente relacionadas entre sí, y al cabo de doscientas repeticiones de la misma o parecida lección formarían ya una unión indisoluble. Lo que el hombre ha unido, la naturaleza no puede separarlo.

-Crecerán con lo que los psicólogos llaman un odio “instintivo” hacia los libros y las flores.

Reflejos condicionados definitivamente. Estarán a salvo de los libros y de la botánica para toda su vida. –El director se volvió hacia las enfermeras-. Llévenselos.

Llorando todavía, los niños vestidos de caqui fueron cargados de nuevo en los carritos y retirados de la sala, dejando tras de sí un olor a leche agria y un agradable silencio.


Un mundo feliz
Aldous Huxley

viernes, febrero 13, 2009

Poema XV


Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llena del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.



Veinte poemas de amor y una canción desesperada
Pablo Neruda




lunes, febrero 09, 2009

VIII y IX

VIII

Aprendí bien pronto a conocer mejor esta flor. Siempre había habido en el planeta del principito flores muy simples adornadas con una sola fila de pétalos que apenas ocupaban sitio y a nadie molestaban. Aparecían entre la hierba una mañana y por la tarde se extinguían. Pero aquella había germinado un día de una semilla llegada de quién sabe dónde, y el principito había vigilado cuidadosamente desde el primer día aquella ramita tan diferente de las que él conocía. Podía ser una nueva especie de Baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y comenzó a echar su flor. El principito observó el crecimiento de un enorme capullo y tenía le convencimiento de que habría de salir de allí una aparición milagrosa; pero la flor no acababa de preparar su belleza al abrigo de su envoltura verde.

Elegía con cuidado sus colores, se vestía lentamente y se ajustaba uno a uno sus pétalos. No quería salir ya ajada como las amapolas; quería aparecer en todo el esplendor de su belleza. ¡Ah, era muy coqueta aquella flor! Su misteriosa preparación duraba días y días. Hasta que una mañana, precisamente al salir el sol se mostró espléndida.

La flor, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando:

—¡Ah, perdóname… apenas acabo de despertarme… estoy toda despeinada…!

El principito no pudo contener su admiración:

—¡Qué hermosa eres!

—¿Verdad? —respondió dulcemente la flor—. He nacido al mismo tiempo que el sol.

El principito adivinó exactamente que ella no era muy modesta ciertamente, pero ¡era tan conmovedora!

—Me parece que ya es hora de desayunar — añadió la flor —; si tuvieras la bondad de pensar un poco en mí...

Y el principito, muy confuso, habiendo ido a buscar una regadera la roció abundantemente con agua fresca.

Y así, ella lo había atormentado con su vanidad un poco sombría. Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, dijo al principito:

—¡Ya pueden venir los tigres, con sus garras!
—No hay tigres en mi planeta —observó el principito— y, además, los tigres no comen hierba.
—Yo nos soy una hierba —respondió dulcemente la flor.
—Perdóname...
—No temo a los tigres, pero tengo miedo a las corrientes de aire. ¿No tendrás un biombo?
"Miedo a las corrientes de aire no es una suerte para una planta —pensó el principito—. Esta flor es demasiado complicada…"

—Por la noche me cubrirás con un fanal… hace mucho frío en tu tierra. No se está muy a gusto;allá de donde yo vengo…

La flor se interrumpió; había llegado allí en forma de semilla y no era posible que conociera otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender inventando una mentira tan ingenua, tosió dos o tres veces para atraerse la simpatía del principito.

—¿Y el biombo?
—Iba a buscarlo, pero como no dejabas de hablarme…

Insistió en su tos para darle al menos remordimientos.

De esta manera el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había llegado a dudar de ella. Había tomado en serio palabras sin importancia y se sentía desgraciado.

"Yo no debía hacerle caso —me confesó un día el principito— nunca hay que hacer caso a las flores, basta con mirarlas y olerlas. Mi flor embalsamaba el planeta, pero yo no sabía gozar con eso… Aquella historia de garra y tigres que tanto me molestó, hubiera debido enternecerme".

Y me contó todavía:

“¡No supe comprender nada entonces! Debí juzgarla por sus actos y no por sus palabras. ¡La flor perfumaba e iluminaba mi vida y jamás debí huir de allí! ¡No supe adivinar la ternura que ocultaban sus pobres astucias! ¡Son tan contradictorias las flores! Pero yo era demasiado joven para saber amarla".


IX


Creo que el principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión. La mañana de la partida, puso en orden el planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad, de los cuales poseía dos, que le eran muy útiles para calentar el desayuno todas las mañanas.

Tenía, además, un volcán extinguido. Deshollinó también el volcán extinguido, pues, como él decía, nunca se sabe lo que puede ocurrir. Si los volcanes están bien deshollinados, arden sus erupciones, lenta y regularmente. Las erupciones volcánicas son como el fuego de nuestras chimeneas. Es evidente que en nuestra Tierra no hay posibilidad de deshollinar los volcanes; los hombres somos demasiado pequeños. Por eso nos dan tantos disgustos.

El principito arrancó también con un poco de melancolía los últimos brotes de baobabs. Creía que no iba a volver nunca. Pero todos aquellos trabajos le parecieron aquella mañana extremadamente dulces. Y cuando regó por última vez la flor y se dispuso a ponerla al abrigo del fanal, sintió ganas de llorar.

—Adiós —le dijo a la flor. Esta no respondió.
—Adiós —repitió el principito.

La flor tosió, pero no porque estuviera resfriada.

—He sido una tonta —le dijo al fin la flor—. Perdóname. Procura ser feliz.

Se sorprendió por la ausencia de reproches y quedó desconcertado, con el fanal en el aire, no comprendiendo esta tranquila mansedumbre.

—Sí, yo te quiero —le dijo la flor—, ha sido culpa mía que tú no lo sepas; pero eso no tiene importancia. Y tú has sido tan tonto como yo. Trata de ser feliz. . . Y suelta de una vez ese fanal; ya no lo quiero.
—Pero el viento...
—No estoy tan resfriada como para... El aire fresco de la noche me hará bien. Soy una flor.
—Y los animales...
—Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras.

Y le mostraba ingenuamente sus cuatro espinas. Luego añadió:

—Y no prolongues más tu despedida. Puesto que has decidido partir, vete de una vez.

La flor no quería que la viese llorar: era tan orgullosa...


El principito
Antoine de Saint-Exupéry



martes, enero 06, 2009

La escritura de dios



Un día o una noche -entre mis días y mis noches ¿qué diferencia cabe?- soñé que en el piso de la cárcel había un grano de arena. Volví a dormir; soñé que los granos de arena eran tres. Fueron, así, multiplicándose hasta colmar la cárdel, y yo moría bajo ese hemisferio de arena. Comprendí que estaba soñando: con un vasto esfuerzo me desperté. El despertar fue inútil: la innumerable arena me sofocaba. Alguien me dijo: "No has despertado a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable, y morirás antes de haber despertado realmente."

Me sentí perdido. La arena me rompía la boca, pero grité: "Ni una arena soñada puede matarme, ni hay sueños que estén dentro de sueños." Un resplandor me despertó. En la tiniebla superior se cernía un círculo de luz. Vi la cara y las manos del carcelero, la roldana, el cordel, la carne y los cántaros.

Un hombre se confunde, gradualmente, con la forma de su destino; un hombre es, a la larga, sus circunstancias. Más que un descifrador o un vengador, más que un sacerdote del dios, yo era un encarcelado. Del incansablee laberinto de sueños yo regresé como a mi casa a la dura prisión. Bendije su humedad, bendije su tigre, bendije el agujero de luz, bendije mi viejo cuerpo doliente, bendije la tiniebla y la piedra...


El aleph
Jorge Luis Borges

martes, noviembre 18, 2008

El cuidador de rebaños



















No creo en Dios porque nunca lo he visto.
Si el quisiera que yo creyera en él,
seguro que vendría a hablar conmigo
y entraría por mi puerta diciéndome: ¡Aquí estoy!
Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y el sol y la luna,
entonces creo en él,
entonces creo en él a todas horas
y mi vida entera es una oración y una misa
y una comunión por los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es las flores y los árboles
y los montes y la luna y el sol,
¿por qué llamarle Dios?
Le llamo flores y árboles y montes y sol y luna;
porque si él se hizo, para que yo lo viese,
sol y luna y flores y árboles y montes,
si se me aparece como árboles y montes
y luz de luna y sol y flores
es porque quiere que lo conozca
como árboles y montes y flores y luz de luna y sol.

Y por eso yo le obedezco
(¿qué más sé yo de Dios que Dios de sí mismo?),
le obedezco viviendo, espontáneamente,
como quien abre los ojos y ve,
y le llamo luz de luna y sol y árboles y montes,
y lo llamo sin pensar en él,
y pienso en él viendo y oyendo,
y ando con él a todas horas.


El cuidador de rebaños
Alberto Caeiro

domingo, octubre 19, 2008

... de todas mis heridas

Abre tus garras y guía mi voluntad con tus espinas.


viernes, octubre 03, 2008

Diario de un hombre celoso

Me gustaría escribir acerca de una pasión humana y entre aquellas que he conocido más de cerca, la inspirada por los celos es la más intensa, y tambien la más misteriosa. A tal punto creo que los celos son misteriosos que quien ha logrado dominarlos y desterrarlos de su vida no merece llamarse humano. Para describir lo que una pasión significa no pude tener más fortuna que encontrarme con estas palabras de Sándor Márai: “La pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión es completamente indiferente lo que reciba de la otra persona; quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que buenos sentimientos. Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias”. Justo eso sucede con los celos, en cuanto más profundos o verdaderos son, más desesperados se vuelven. La vida se trastorna, el desosiego se instala en el espíritu como en una casa apunto de derrumbarse, se pierde la libertad y uno desea que el mundo se detenga un momento durante toda la eternidad: el tiempo deja de ser la suma de los movimientos para transformarse en ansiedad perpetua, en presentimiento de la muerte. A mi no me causa vergüenza revelarme como un hombre celoso, incluso me siento afortunado porque nunca antes había sentido la vida tan próxima, la respiración de un tigre en mi cuello o como el anuncio de la muerte más cruel. Al mismo tiempo sé que los celos son una señal del amor enfermo, el único que me interesa, el único que me lleva a sentir el peso de vivir. Quiero creer que un celoso verdadero no culpa a nadie de sus pasiones: sabe que jamás poseerá por completo lo deseado, pero no se conforma, al contrario, entra sin dudar a un bosque oscuro de donde jamás volverá a salir, conoce su destino y lo afronta con convicción, como un sentenciado que se ha acostumbrado a la imagen del cadalso.

Por otra parte, la vida cotidiana de un hombre celoso, como es mi caso, no conoce la calma ni la mesura: inventa rivales, desconfía de los perros, de las amistades más arraigadas, escucha merodear los pasos de los amantes por las noches, descubre sus miradas lascivas cuando el sol ilumina con más intensidad los rostros, resuelve enigmas, lenguajes que su mujer a construido a sus espaldas, encuentra vestigios de su traición en el menos de sus titubeos, y si esto no resulta, entonces la empuja a ser de otros, a no pertenecerle, a encarnar en su destino la tragedia enunciada. ¡Que manera tiene la vida de expresarse!, la más acabada de mis novelas carece de valor junto a las historias que imagino cuando ella se marcha. Es cuando más la deseo: cuando se convierte en ausencia que pesa más que una montaña. Y nadie, por más cuerdo o sabio que sea podrá convencerme de que no he sido engañado. Ella siempre estará dispuesta a ofrecerse, a ser mirada, a buscar la aceptación de su belleza, y lo que es peor: se hallará siempre dispuesta a cumplir hasta el más minucioso de mis temores. Que valor puede tener una pasión si no es desesperada, incurable, si no es siquiera capaz de echar a perder la vida de lo que más se quiere: tortuoso camino hacia la muerte, amor que sólo se consuela en la destrucción.

Sé que me he expresado con una vehemencia en exceso romántica, pero no encuentro manera más adecuada para describir una pasión semejante. La amistad es un servicio, un sacrificio en silencio que sólo duele cuando termina, pero los celos por una mujer nos dan noticias de la vida misma. En mi experiencia los celos interpretan el único amor posible, el que no se pervierte ni se vuelve mediocre: deseo entrar en ella por toda la eternidad, deseo habitar mi propia casa, mi cobijo, y tengo miedo de que los enemigos ocupen mi espacio mientras duermo ¿No es acaso este uno de los sentimientos más humanos? Pero los celos te condenan a la soledad, a encarnar a un ser incompleto que nunca conocerá la paz. Afrontar una pasión verdadera, sumergirse en ella es comprender el mundo de la naturaleza humana y saber que una pasión no se domina, acaso se aprende a vivir bajo su sombra

dia siete
Guillermo Fadanelli

lunes, septiembre 15, 2008

Luvina

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran Cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.


...Y la tierra es empinada. Se desgaja por todos lados en barrancas hondas, de un fondo que se pierde de tan lejano. Dicen los de Luvina que de aquellas barrancas suben los sueños; pero yo lo único que vi subir fue el viento, en tremolina, como si allá abajo lo hubieran encañonado en tubos de carrizo. Un viento que no deja crecer ni a las dulcamaras: esas plantitas tristes que apenas si pueden vivir un poco untadas en la tierra, agarradas con todas sus manos al despeñadero de los montes. Sólo a veces, allí donde hay un poco de sombra, escondido entre las piedras, florece el chicalote con sus amapolas blancas. Pero el chicalote pronto se marchita. Entonces uno lo oye rasguñando el aire con sus ramas espinosas, haciendo un ruido como el de un cuchillo sobre una piedra de afilar.


-Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.



-¡Oye, Camilo, mándanos otras dos cervezas más! -volvió a decir el hombre. Después añadió:
-Otra cosa, señor. Nunca verá usted un cielo azul en Luvina. Allí todo el horizonte está desteñido; nublado siempre por una mancha caliginosa que no se borra nunca. Todo el lomerío pelón, sin un árbol, sin una cosa verde para descansar los ojos; todo envuelto en el calín ceniciento. Usted verá eso: aquellos cerros apagados como si estuvieran muertos y a Luvina en el más alto, coronándolo con su blanco caserío como si fuera una corona de muerto...



-Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.


“...Sí, llueve poco. Tan poco o casi nada, tanto que la tierra, además de estar reseca y achicada como cuero viejo, se ha llenado de rajaduras y de esa cosa que allí llama ‘pasojos de agua’, que no son sino terrones endurecidos como piedras filosas que se clavan en los pies de uno al caminar, como si allí hasta a la tierra le hubieran crecido espinas. Como si así fuera.”


Bebió la cerveza hasta dejar sólo burbujas de espuma en la botella y siguió diciendo:


-Por cualquier lado que se le mire, Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere, puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón.



“...Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver, cuando había luna en Luvina, fue la imagen del desconsuelo... siempre.



El llano en llamas
Juan Rulfo

Caedum

Sustantivo con nominativo de singular en -es, que en su vacilación al pasar a la tercera declinacion, adopto el genitivo plural en -um.